Nací en Nepal, en una familia adinerada. Recuerdo que mi madre se llamaba Edahi, era rubia y simpática. De mi padre no recuerdo nada ya que, según me afirmaron hace diez años, él trabajaba fuera y yo nunca le veía. Tenía un hermano cuyo nombre era Farid, era mayor que yo, aproximadamente unos dos años. Mi hermano y yo no íbamos al colegio puesto que en aquellos tiempos la educación apenas existía. Mi madre se ocupaba de nosotros en casa.

Yo  no entendía porque nunca me dejaban salir, hasta que un día lo entendí todo. Tenía ya ocho años y ya empezaba a hartarme de estar encerrada, así que decidí marcharme. Ese día mi madre y mi hermano estaban ocupados y muy sigilosamente miré por la ventana de uno de los grandes dormitorios que había en la casa. Todo estaba desértico, no había nadie. Abrí la ventana, cogí una rebeca de lana y me desprendí hasta pisar suelo firme. Yo no me lo creía, era la primera vez que no pisaba el mármol frío. Empecé a caminar por uno de los muchos caminos que allí había. Unos ruidos extraños me llamaron la atención y seguí andando y poco a poco acercándome a aquellos sollozos. Al final del camino, miré para atrás y mi enorme casa parecía ahora una hormiga.

A mis pies tenía a un niño llorando, con ropas sucias y ensangrentadas. Enseguida le pregunte lo que le ocurría. Me contó que había empezado la guerra, que toda su familia había muerto y a él le habían enseñado a utilizar las armas desde hacía mucho tiempo. Me dijo que debía huir, que si me quedaba más tiempo en ese sitio nos matarían a los dos. Traumatizada, corrí por donde pude y después de más de hora y media corriendo vi un camión lleno de niños llorando y mal vestidos. Muy pocos iban acompañados de sus madres. No sabía hacia donde se dirigían, lo único que sabía es que debía huir lo más lejos posible para encontrarme segura. Me subí al camión gracias a la ayuda de Bashi, una de las mujeres que me contó hacia donde nos dirigíamos y el porqué durante el trayecto. Nos dirigíamos a España, un sitio donde si teníamos suerte nos acogerían y ya no tendríamos el miedo de ser escogidos para ser testigos de las guerras de Nepal.

El camino fue largo y esto hizo que yo tuviera tiempo para pensar en lo que sería de mi hermano y mi madre. Lo único que me ayudaba era pensar que cuando llegase a España podría llamarles y decirles que escaparan lo más rápido posible.

Llegué a España después de dos meses seguidos sin parar y comiendo lo poco que encontrábamos. Allí las personas que nos habían traído nos dejaron solos y la gente poco a poco empezó a buscar algo de comida y un techo para poder pasar la noche, ya que eran las doce y media de la madrugada. Yo no tenía tiempo que perder,  no podía perder el tiempo durmiendo, así que me dirigí hacia una de las agencias de policía, les conté lo sucedido y les pedí prestado un teléfono para ponerme en contacto con mi madre. Llamé, después de dos minutos sin respuesta, la voz de un hombre me sorprendió.Me explicó que mi madre y mi hermano habían muerto debido a la guerra, habían entrado en casa y les había disparado. Intentaron recuperarles pero no pudieron hacer nada. Colgué el teléfono, me eché las manos a la cara y empecé a llorar, al fin y al cabo solamente tenía nueve años. Los policías me mandaron a un orfanato y allí estuve más de ocho años pensando en que era fuerte y nada me podía parar. Al final, me acogieron en una familia humilde, de ellos he aprendido a ser fuerte, a valorarme por mí misma y a vivir sin el apoyo y el cariño de una familia de verdad.

Cuando tenía veinte años me fui a vivir sola y de esa familia no he vuelto a saber nada hasta ahora.

Y así me convertí en refugiada, sin una familia, ni las costumbres de Nepal, pero con la valentía suficiente para afrontar todo lo que se me ponga por delante.

                                                                 CAROLINA MARTÍNEZ OLIVARES

                                                                                                    1ºB  E.S.O.